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Entusiasmada aprieta ‘send’. El texto que acaba de enviar con la frase ‘vendimos otra’ llegará en cuestión de segundos al teléfono de Isabel Peña, una artista argentina cuyo trabajo combina la fotografía, el collage y la pintura. “Todos están muy agradecidos e impresionados por lo rápido que les informamos cuando realizamos una venta, porque hay gente que deja al artista con la incertidumbre de qué pasó con su obra por largo tiempo”, comenta Mariana Broda quien junto a Vanina Waizmann, dirige Artemisa, una nueva galería de arte latinoamericano contemporáneo donde se exponen las creaciones de más de 14 artistas, algunos con una trayectoria y reputación ya bien establecidas y otros jóvenes y emergentes que prometen dar que hablar.

Los hay de setenta y pico y de apenas pasados los treinta. Algunos utilizan el dibujo como medio; es el caso de Miriam Peralta que usa una técnica precisa de grafito sobre papel. La mexicana Floria González, en cambio, narra historias con fotografías que parecen sacadas de un film y en las cuales ella suele aparecer y Santiago Espeche, nacido en Roma, criado en Buenos Aires y con un particular entrenamiento en la Comisión Nacional de Actividades Espaciales o CONAE- transforma imágenes satelitales en vibrantes paisajes de hipnótico efecto para quien los contempla.

Un recorrido por las paredes de esta galería ubicada en Nolita que estará abierta hasta hoy -las obras podrán verse luego en el Upper West Side, previa concertación de una cita- dejan en evidencia las marcadas diferencias entre los pintores, escultores y dibujantes pero todos estos artistas tienen una característica que los une y los hermana: Son latinoamericanos y viven y crean en su tierra.

“Cada cual a su modo refleja esa cosa autóctona”, sostiene Mariana. “Y a diferencia de los artistas latinos que viven aquí”, agrega, “los artistas que representamos respiran y experimentan en vivo y en directo la realidad de sus países con sus carencias y sus ventajas y eso se refleja en su arte”.

Si bien al principio convocaron a argentinos -ambas son de allí y conocen como la palma de su mano el arte local- la idea de estas jóvenes socias es convertirse en una plataforma donde esté ampliamente representada la región y desde la cual la vanguardia del arte latinoamericano pueda despegar, “nuestra intención es poder elegir artistas que deseen mostrarse al mundo”, afirma Vanina.

“Muchos recién se están dando a conocer pero ya están ganando premios y eso, sumado a nuestro propio research y a una intensiva búsqueda en galerías de las ciudades latinoamericanas más importantes nos da la pauta de a quienes debemos ir a tocarle la puerta”.

Entre las dos han visitado los atelier y estudios de algunos y han sostenido largas y fecundas charlas por Skype con otros donde les contaron la propuesta. “Queremos ayudar a los artistas latinos porque son muy talentosos pero a la mayoría le cuesta penetrar en el mercado americano. Nuestro corazón apunta hacia allí, a ser un canal para facilitarles el ingreso a Nueva York”.

Se conocían ya hace algunos años pero reconocen que este proyecto conjunto las ha unido mucho y les ha permitido conocerse más estrechamente. “Al punto tal que nos gustan las mismas cosas”, dice Vanina. “Nuestra estética es muy similar”. “Hemos andado juntas por todo Nueva York buscando los mejores marqueros y montadores -las obras las reciben en rollos, en los lienzos y ellas son las que deciden, con la aprobación del artista, qué tipo de enmarcación llevará- “También vamos juntas a las casas de compradores y potenciales compradores para ‘mirar sus paredes’ y poder asesorarlos mejor sobre qué piezas adquirir y cómo distribuirlas en su casa para que se luzcan más y se conserven mejor”.

Politóloga una, psicóloga la otra; a ambas les apasiona el arte y solían embarcarse en conversaciones sobre nuevos artistas y tendencias. En el verano de 2012 cuando decidieron lanzar el proyecto, el nombre Artemisa las sedujo inmediatamente. “Me gustó que contiene la palabra Arte en español y en inglés”, apunta Vanina. “Y también que es la Diosa del nacimiento y de las cosas nuevas”, agrega. “Además es melliza y yo tengo hijos mellizos, cuenta Mariana; así que nos identificamos y encariñamos enseguida con el nombre”.

Son más de 50 las obras que dan vida a las paredes y la galería tiene una clara impronta. “Quisimos lograr un ambiente cálido, como somos nosotros los latinoamericanos y alejarnos de ese aire solemne y frío que tienen muchas galerías donde parece que además de estar prohibido tocar también estuviera prohibido sonreír. Acá”, agregan casi al unísono, “es todo lo contrario: queremos que el público se conecte con la obra. Queremos que toquen y que sonrían”.